domingo, 2 de junio de 2013

El río, la selva y la luna...Capítulo 2

Llegó el día de la excursión al Salto Pará. Salimos temprano antes de que el sol comenzara a hacer su trabajo.  La caminata será de tres horas selva adentro. Esperaría que el paisaje fuera virgen, al menos tranquilo, pero no. La impresión de la noche anterior: tiendita, música y “civilización” fue confirmada. Basura en el camino, filas de gente cargando gasolina (hasta 70 litros), esclavitud moderna. A pesar de todo esto es emocionante seguir la ruta dentro de un bosque selvático, encontrar insectos, árboles, frutas que no has visto antes. También retarte un poco físicamente, algo que como ya sabemos todos no es mi fuerte.

Finalmente llegamos al puesto de la Guardia Nacional en la comunidad La Para, donde está el puerto para seguir la navegación río arriba (Alto Caura). Tomamos el camino para llegar al Salto, primero lo pudimos observar desde arriba y confieso que quedé en shock por algunos segundos al sentir la fuerza del agua desparramándose sobre esa montaña rocosa a unos metros de mí. 



Enseguida bajamos a la playa en el Salto, que también tiene una orilla de arena blanca y un paisaje sublime. Esos momentos en la “playa” fueron mágicos, estamos conscientes de que somos una élite que tiene la posibilidad de vivir esta experiencia porque no es fácil llegar hasta aquí. Pero pienso que eso puede cambiar, desearía que muchos venezolanos pudieran venir aquí, que valoraran estas cosas.

De regreso hay que ponerle voluntad y reforzar las piernitas. Todo lo que vi en el camino me impresionó, me deprimió y me lastimó. El eterno problema de la humanidad, entre nosotros siempre el más débil es utilizado. Hay una mina de oro más allá del Pará y se puede notar que algo no está bien. Pero la magia del Salto Pará logró capturarme, esa energía tan poderosa que transmite la naturaleza virgen no lo deja a uno indiferente, por el contrario te cambia los códigos para volver al mundo del que escapaste por momentos con otra consciencia.

Mientras camino de regreso me hago esta pregunta, ¿cómo puedes amar lo que no conoces? Escucho esta frase en una canción: “I´m right where I belong” (“estoy justo donde pertenezco”) y pienso que esta tierra me está hablando. Todo esto me pertenece y  no me doy cuenta de lo rica que soy. Nuestro amigo holandés dice que esto es la verdadera libertad, tiene toda la razón.

Aún después de ver la injusticia y la crueldad del paso de la “civilización” con todo lo que ella implica (dinero, poder, etc.), creo que puedo entender que no todo es tan malo. Porque objetivamente hablando, sin gasolina yo no habría llegado hasta aquí. Los campamentos son cómodos, hay electricidad, hay baños. Los indígenas tienen acceso a cosas básicas para vivir, no sé si la mayoría de ellos pero al menos los que pude ver. Siempre se puede mejorar pero esto es más de lo que yo esperaba.



Ya lejos de El Playón, río abajo nos paramos en una comunidad que está antes de Las Cocuizas (donde pasaremos la última noche), se llama Nichare. Tiene un ambulatorio y una escuela, donde entramos a cureosear y estuve ojeando los libros de historia con los que “enseñan” a los niños. Para no salirme del tema solo diré que pude comprobar aquello de que la historia la escriben los poderosos, y los poderosos de ahora aunque lo nieguen son peores que los de ayer (que ya tenían suficientes defectos).

Para la última noche en Las Cocuizas, el regalo de la selva fue una luna brillante como el sol y las estrellas adornando un cielo que abrazaba. El reflejo de la luna sobre la corriente del río, ¡que momento!. Una cama de piedra para disfrutar el espectáculo.  

Esta vez no quiero dejar de mencionar a mis compañeros de aventura, la mayoría de ellos eran desconocidos para mi pero todos aportaron algo para que esta experiencia fuera inolvidable. Arturo, nuestro guía y mi amigo desde Roraima, Chandler, Francisco, Patricia, el señor Bautista, Marcel y Marcella con sus lindas niñas Colien, Caja y Leki. Al equipo de Akanan Travel, especialmente a Manuel quien organizó el viaje, les agradezco todo el esmero y la pasión que le ponen al trabajo que hacen, mostrar a Venezuela de la mejor manera posible, dándonos la oportunidad de vivirla a plenitud.



No puedo dejar de pensar en que debo volver. La verdadera libertad está justo frente a ti. Mientras todos están en la playa, nosotros nos metimos en la selva. Que afortunados somos.

El río, la selva y la luna…Capítulo 1

Tenía una historia archivada en la memoria y en los cuadernitos donde a veces escribo desordenadamente para no dejar morir los recuerdos. Con tanta información bombardeándome los días no encontré la tranquilidad necesaria para sentarme a contarla enseguida. Pero siempre estuvo ahí, asomándose terca para que la dejara salir.

Comienza con la decisión de continuar conociendo mi país, llegar a lugares prácticamente escondidos, conocer a su gente, saber cómo viven y salir por unos días de esta realidad asfixiante.

Esta vez me iré a la selva, será una excursión a través del río Caura (estado Bolívar). Después de la experiencia del año pasado en Roraima, no se me ocurrió mejor plan para esta Semana Santa.

El primer día llegamos a Ciudad Bolívar, donde en pocos minutos recorrí brevemente el casco histórico y logré entrar a la casa del Congreso de Angostura antes de que cerrara (lo cual ocurrió justo al salir). Mi afición por conocer lugares históricos se vio algo golpeada al encontrar una gran fotografía del presidente Chávez (recién fallecido) en uno de los salones, custodiada por banderas y por demasiada parafernalia. Paciencia me dije, esto pasará.  Pasamos la noche en una posada bellísima, con estilo colonial y muy bien decorada.

Pero realmente la aventura comenzaría al siguiente día, cuando emprendimos el viaje por tierra desde Ciudad Bolívar a Maripa, poblado donde nos esperaba la curiara para remontar el río en los días por venir. 


Luego de varias horas, muchas horas, navegando contra la corriente, con la curiara cargada de gente, provisiones y emociones, aproximadamente a las 6:00 pm llegamos al campamento “Las Cocuizas”, en la rivera del río. El cielo naranja, una luna tímida y los sonidos de la selva nos reciben. Nos damos un baño nocturno en el río, luego me relajo en un spa natural sobre las piedras calientes.

Nuestro campamento consiste en varias churuatas donde se guindarían las hamacas, un espacio apropiado para cocinar, y algo que no me esperaba: un baño con todas las de la ley. Reconozco que después de Roraima no me preocupan mucho esas cosas, pero contar con un baño decente le alegra la vida a cualquiera. En el campamento hay una planta eléctrica también, así que es prácticamente un hotel cinco estrellas. Me voy a dormir feliz, por primera vez sé cómo se oye la noche en la selva.

Son las seis de la mañana y puedo ver los colores que trae el día, el sol hace brillar el río, desde la hamaca con un ojo abierto y el otro aún dormido me quedo admirando el espectáculo.

Antes del desayuno María, la señora que se encarga del campamento nos contó su vida mientras un venado se asaba en las brasas. Tiene 10 hijos: 7 paridos y 3 adoptados. Todos estudian. En su casa hay una planta eléctrica y sus hijos pueden ver películas, los otros niños vienen. Pero ella quiere que todos puedan tener electricidad en su casa, “hay que organizarse”, dice. También María me enseña una palabra: conuquear, que significa trabajar en el conuco. Es decir trabajar la tierra para obtener sus alimentos, me cuenta que a sus hijos les dice que estudien para que no tengan que pasar la vida conuqueando como ella.  Esta zona es habitada en su mayoría por indígenas de la etnia Yekuana.

Luego del desayuno volvemos a nuestra curiara y seguimos el camino emocionante hacia El Playón, nuestra próxima posada.  Pasamos tramos del río donde la corriente es más fuerte y violenta, aquí nuestro capitán demuestra su experticia para pasar entre las piedras o sobre ellas sin mayores percances.

En el grupo está una familia holandesa que vive en Caracas pero pronto se despedirá de Venezuela. Están haciendo este viaje con sus tres niñas y luego seguirán hacia La Gran Sabana. El papá nos dice en algún momento que no somos venezolanos normales porque preferimos venir aquí en vez de irnos a la playa en Semana Santa. Puede que tenga razón.

En el recorrido me acompaña un paisaje verde,  árboles imponentes y majestuosos como rascacielos, yo solo puedo decir en mi mente “mucho gusto señora Selva”. 



Llegamos a una gran orilla que parece ser el final del río, con arena blanca como de playa y la selva espesa detrás. Pero ese no es el final, el río sigue a un lado solo que no se puede continuar la navegación porque es una caída con una pendiente pronunciada y la corriente se pone peligrosa.


La comunidad de El Playón es la más grande de la zona, hay varias churuatas tanto para turistas como para las personan que aquí viven. Desde el río vimos marcas de tractor en la arena, ¿porqué? ¿Cómo llegó esto hasta aquí? Fue una sensación extraña, esas marcas en la arena distorsionaban el paisaje, pero ahí estaban.


En la pequeña aldea hay dos tienditas donde venden una cantidad de cosas que no esperaba encontrar en un lugar tan remoto de la “civilización”. Cuentan con planta eléctrica también, tienen baños públicos para los turistas. Hay un televisor donde todos se reunieron a ver el juego de la Vinotinto contra Colombia, esa noche ganó  Venezuela y tuve la oportunidad de celebrarlo con unos venezolanos muy especiales, los yekuana. La verdad tuve que reprimir mis emociones porque ellos no son muy expresivos, pero fue bastante divertido para mí entender que aunque no celebráramos igual todos estábamos felices por el triunfo de la Vinotinto.

Mi lucha, nuestra lucha

Cuando por fin he logrado poner cierto orden en mis pensamientos que desde hace varios meses no hacen más que chocar entre sí, confinados a un pequeño espacio físico llamado cerebro, quisiera al menos hacer el intento de narrar cronológicamente lo que desde mi percepción hemos vivido como país en este período de tiempo que en el calendario se ve corto pero sobre la espalda pesa toneladas.

La última semana del año pasado según mis planes sería de vacaciones, en un lugar tranquilo donde podría relajarme para recibir el año con nuevas energías. El plan se cumplió casi perfectamente, pero la ansiedad que me producía la situación en Venezuela (¿o en Cuba?) con la salud del Presidente era muy fuerte. Varios días sin poder desconectarme de las noticias, con el presentimiento de que algo había pasado y no lo supimos.

Comenzó el 2013 con muchas sombras, pasaron tres meses hasta que anunciaron lo que ya muchos sabían: Hugo Chávez dejó de existir. Nadie puede decir que esa noticia no lo afectó de alguna manera. Algo increíble, impensable, inexplicable. Chávez no está.

Por primera vez me atreví a asistir a un “acto” del Gobierno, a la reunión del pueblo para despedir a su Presidente. Varias razones me motivaron a hacerlo, entre ellas presenciar un momento que quedará en la historia moderna de Venezuela, también para ver y escuchar en vivo a la gente, a mis hermanos chavistas, tratar de entender su dolor; salir a encontrarme con la Venezuela que no me gusta pero que sin ninguna duda existe.

La cadena de acontecimientos posteriores fue cruel y violenta con lo que uno entiende por República. Poderes públicos al servicio de un partido, de una revolución, así llegó un Presiente Encargado que sería inmediatamente candidato presidencial (luego de ser ungido por el mismo Chavez como su sucesor y heredero político).

Diez días de campaña electoral, algo sin precedentes en el país. Henrique Capriles aceptó el reto, consciente de todo lo que tenía en contra. Una campaña electoral por la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela y Hugo Chavez no es candidato, muchos todavía no lo podíamos creer.

Días antes de las elecciones publiqué una carta dirigida a mis hermanos chavistas, no era propaganda electoral, era un pequeño gesto de acercamiento para reflexionar juntos sobre lo que estaba pasando y lo que estamos viviendo todos por igual en este país. Además de publicarlo en el blog hice una experiencia diferente, que hoy valoro muchísimo porque me dejó unas cuantas lecciones. Decidí imprimir la carta y repartirla, salir del ciberespacio, del mundo paralelo donde muchos nos refugiamos. Porque mi intención al escribirla era que llegara ciertamente a las manos de al menos un chavista de verdad, del que padece a diario la realidad de la calle. 

El día que finalmente pude hacerlo fue el viernes, utilizando un día de mis vacaciones para ausentarme del trabajo y dedicarme a esta tarea. Sin embargo, ya había terminado la campaña electoral y por más que el contenido de mis hojitas no fuera propaganda me pareció peligroso exponerme a una situación incierta en la calle repartiéndola. Lección uno, tenemos miedo. Yo no estaba haciendo nada ilegal, pero no era necesario tentar a la suerte y meterme en problemas que podrían impedirme lo más importante: votar el domingo. Fue así como pude convertir el miedo y la frustración en creatividad, se me ocurrió montarme en el metro y dejar las hojitas en los asientos tratando de pasar desapercibida, dejarlas en algunos sitios públicos, en las bancas de las aceras y plazas, en las camioneticas de transporte público. 

Confieso que cuando salí a la calle entré en pánico, con mi bolsito lleno de material que podría considerarse como subversivo, ahí me di cuenta de la paranoia que han logrado sembrar en mi mente. Fue una lucha conmigo misma para no rendirme, se me ocurrió comenzar con algo que podía pasar más desapercibido y me fui a un centro comercial exageradamente concurrido en esta ciudad donde me dediqué a entrar a todos los baños en todos los pisos dejando las hojitas en cada cubículo. Pensaba: si al menos una persona lo toma y lo lee habré cumplido mi misión. De regreso a mi casa me subía en las camioneticas, me sentaba, dejaba la hojita en el asiento y me bajaba, por supuesto pagando mi pasaje. Al día siguiente logré cumplir con la meta original: el metro. Fui de un extremo a otro de la ciudad unas cuantas veces, llegaba a la última estación donde todos se bajan y en ese momento dejaba hojitas en los asientos y me salía del vagón para entrar en otro. También cuando encontraba la oportunidad las colocaba discretamente en el asiento y me bajaba rápido en cualquier estación para cambiar de tren. Así pasé varias horas del sábado preelectoral, no podía quedarme a ver las reacciones pero sé que varias personas la tomaron y estoy segura que al menos una la tuvo que haber leído completa. Lección dos: la libertad se defiende con creatividad también. Esa pequeña aventura que decidí hacer me dio la oportunidad de salir de la burbuja en la que muchas veces me encuentro viviendo.

El 14 de abril de 2013 Venezuela fue a votar. Hubo resultados contundentes, tanto los “oficiales” como los verdaderos. Capriles no reconoció los números del Consejo Nacional Electoral (por primera vez no fue un rumor de fraude, fue una exigencia contundente a revisar (auditar) todo el proceso. Otra semana de sobresaltos, los primeros días fueron tan intensos que llegué a pensar que la explosión sería inminente. Pienso que una prueba del liderazgo que supo ganar Henrique Capriles con esfuerzo y coherencia fue contener la furia alimentada de impotencia y humillación que parecía haberse apoderado de muchos (incluyéndome),  lograr que el mensaje de no violencia y de resistencia pacífica nos uniera para seguir esta lucha que evidentemente no terminaba ahí y no ha terminado aún. Honestamente no sé si hemos podido digerir una cuarta parte de lo que hemos vivido como nación en los últimos meses.
Cada quien reflexiona como puede o como quiere, yo la verdad he pasado momentos muy duros, momentos en los que hubiese preferido bloquear la mente y no preocuparme, otros en los que no atiné a decir una palabra porque no podía si quiera armar una oración coherente.
Sin embargo, en medio de ese laberinto en lo que se había convertido mi cabeza, hubo algo claro, una bandera que siempre podía ver aún si me sentía perdida; la de la resistencia pacífica.

Hoy cuando la situación muy lejos de mejorar se ha vuelto más complicada, difícil, dura y cruel, esa bandera es lo único que tengo, me aferro a ella para no caer en el precipicio. Ojalá pudiera tatuármela en la frente para poder expresarme cuando salgo a la calle, para sentirme verdaderamente libre. Me declaré en resistencia pacífica desde el 15 de abril y hasta que triunfe la verdad, tengo la bandera de Venezuela colgada en mi balcón desde ese día. No pienso dejar que gane el miedo y la decepción porque si sigo aquí es para luchar, buscando la manera de expresarme siempre pacíficamente sin dejar de cumplir con mis responsabilidades.

Saber lo que pasará es imposible para mí, los analistas plantean escenarios y es bueno conocerlos por cultura general pero después de todo lo que ha tenido que vivir (o sufrir) este país la incertidumbre se ha convertido en fiel compañera.

La única manera que he encontrado para mantenerme medianamente cuerda en medio del caos ha sido enfocarme en la resistencia pacífica. Defender la libertad, la justicia, la verdad, siempre desde la paz. Para mí resistencia pacífica significa no rendirse, no bajar la cabeza, no entregarse, no resignarse. Es dar un paso hacia adelante que exige más responsabilidad, esfuerzo, coherencia, fe, compromiso. Me atrevo a dar este paso porque no hay excusa posible ni fecha de vencimiento para esta lucha. Decido escoger este camino porque de otra forma no me sentiría digna de tener una cédula de identidad que dice que soy venezolana.

martes, 9 de abril de 2013

Hermano Chavista


¿Por qué nos tomó tanto tiempo mirarnos a los ojos?

Cuando escribo estas líneas los dedos no logran ir tan rápido como el cerebro quisiera y tengo que seguirle el paso, para que no se quede por fuera ni uno solo de los pensamientos que durante días, más bien meses, me persiguen a donde quiera que voy.

Esta es una carta personal, la escribo yo (quien firma) y va dirigida a ti, que la recibes y te tomas unos minutos para leerla.

Con todo mi respeto me estoy atreviendo a dirigirme a ti, hermano Chavista, que así como yo amas tu tierra y quieres lo mejor para tu país, para tu gente. Desde aquí no saldrá nunca un insulto hacia ti, podemos pensar distinto y aún así seguir siendo hermanos, ¿quién no ha discutido un punto de vista con su familia? ¿por eso han dejado de comer en la misma mesa? ¿por eso han dejado de quererse?

Yo amo mi Patria inmensamente, la amo así como es, con todos los que aquí vivimos echándole pichón cada día para salir adelante, llevando comida a la casa, ayudando a quien necesita una mano, sintiéndonos útiles. No la amo más que tú, ni tú más que yo.

Te pido disculpas si te hago perder el tiempo con mis palabras, y también te agradezco desde lo más profundo si llegas hasta el final (no será larga la historia, lo prometo). Hoy solo faltan días, horas, para encontrarnos de nuevo en la cola para votar. Quien irá el domingo en mi lugar no es la misma Beatriz que en 1998 con 18 años iba elegir por primera vez al Presidente de la República. Hoy soy alguien diferente, con mis treintipicos años encima y una nueva conciencia. No me avergüenza decir que le agradezco al Presidente Chávez haber cambiado mi visión de las cosas, nunca fui su seguidora pero eso no quiere decir que no reconozca su lugar en la historia de este país.

Yo no vengo a pedirte que votes por Henrique Capriles, solo a pedirte que reflexionemos juntos, que hagamos un ejercicio, porque tu y yo no somos diferentes, no somos enemigos, nos comemos la misma arepa en el barrio o la urbanización, en el rancho o la mansión, somos hermanos vale!

Tú al igual que yo estás sufriendo y lo sabes, cuando llega el malandro no mira a quien le va a disparar, simplemente nos mata y agarra el botín, lo poco que tengamos encima, y nos deja ahí en la calle con la bala en la frente. Lo que yo gasto en el mercado es lo mismo que gastas tú, y nos sudamos esa plata igual. Te estoy hablando a ti, al venezolano honrado, echao pa lante, que si no consigue trabajo se pone a vender tortas, que quiere que sus chamos estudien, que no se queden por ahí sin hacer nada para que llegue el vicio y los atrape. Tus problemas son los mismos que los míos. Cuando no hay agua o no hay luz, es en tu casa y en la mía también. Tú sabes que las cosas no han mejorado en estos años y no están mejorando en el poco tiempo del actual gobierno (N. Maduro), lo vives a diario igual que yo.

La corrupción y las injusticias del pasado nadie las puede negar, y creo que nadie quiere hacerlo. Quisiera que en la soledad de tu conciencia te preguntes si hoy ya no existen esas dos palabras en Venezuela. Yo no voy a discutir si el socialismo es bueno o malo, realmente ese no es el problema. Vuelvo a preguntar: ¿no hace falta coherencia cuando hablamos de socialismo y le pedimos al pueblo sacrificios mientras nosotros si vivimos bien, si compramos el carro que queremos, nuestros hijos estudian en buenos colegios, viajamos de vacaciones por el mundo? Te lo pregunto a ti porque sé que crees en el ideal de Chávez, pero igual estás pasando trabajo y necesidad, o no?

Repito, no estoy pidiendo votos para Capriles, solo estoy tratando de que nos volvamos a encontrar. Tu y yo, nosotros los venezolanos. Yo sé que este país tiene un gran potencial y será grande, hoy no lo es porque nosotros no nos hemos decidido a llevarlo a lo más alto. Son muchos años, no solo los de este gobierno, desde mucho antes, que llevamos pensando que hace falta un líder, un salvador, alguien que se ocupe de nosotros. Pero qué tal si nos atrevemos a imaginar que ese hombre, esa mujer, podemos ser nosotros mismos. Tu y yo tenemos el poder en nuestras manos, por eso nos persiguen para tratar de convencernos de que votemos por este o aquel. Nuestros votos sí deciden cosas, deciden el destino de la nación. Tenemos la opción de dejarnos convencer, pero también tenemos otra…convencernos nosotros mismos del futuro que queremos para nuestro país.

Yo quiero un país donde nos respetemos, donde todos tengamos los mismos derechos (y cumplamos los mismos deberes), que podamos ser verdaderamente libres: libres de caminar por nuestras calles a la hora que sea, libres para decidir qué canal queremos ver, libres para decir lo que pensamos siempre, que nuestros niños crezcan sin miedo a la noche oscura y a las balas. Quiero un país que aproveche de verdad sus recursos, comprar café venezolano en el mercado, no salir corriendo cuando aparece el pollo, viajar por las carreteras sin dejar un caucho en el primer hueco y poder conocer cada rincón de esta tierra. Quiero vivir en paz, trabajar y esforzarme por ser mejor todos los días, sin preocuparme si habrá luz o agua esta noche en mi casa. Así podría escribir hojas y hojas, pero no son solo sueños o ilusiones, es que yo sé que podemos ser ese país, lo tenemos todo para serlo. El recurso más valioso, lo más importante que tenemos, somos nosotros. Atrevámonos a darle una oportunidad a Venezuela.

El domingo frente a esa máquina dejaremos nuestra huella, con conciencia y responsabilidad. Yo sé que tenemos los mismos anhelos, y sé que decidiremos entre la coherencia que no vemos hoy y la oportunidad de cambiar para mejor. Lo más importante: no olvidemos nunca que nosotros tenemos el poder, tú y yo, los venezolanos.

Cualquiera que sea el resultado de las elecciones, mis convicciones estarán intactas y no juzgaré a quien elija seguir como estamos. Como dije antes, amo este país con todo lo que trae y seguiré luchando por Venezuela, con mi trabajo, mi empeño, mi amor y mi respeto.
Hoy te abrazo con un sentimiento grande de hermandad, y mi mayor alegría será sentir que es recíproco. Ya no nos separa un adjetivo, ahora nos une un país.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La señora "inseguridad"


Palabras desordenadas e insistentes: inseguridad, miedo, muerte, resignación.
Un número más. ¿Porqué contar los muertos?
Tengo que dejar un testamento porque hoy puedo no volver a casa.
No quiero que me llores, yo lloro por ti.
Nadie vale más que nadie.
La vida y la muerte.

Esa noche al volver a casa me estaba esperando el monstruo en la complicidad de la noche y el silencio. Los segundos iniciales iban a marcar mi destino, la vida o la muerte. Pude mantener la calma por razones que desconozco, los nervios y el terror no le ganaron la batalla a mis ganas de vivir y al instinto de supervivencia. Diálogos bizarros, palabras como una pelota de ping-pong iban y venían, preguntas rápidas y respuestas cortas; ¿dónde vives? ¿con quien? ¿quién te regaló ese reloj? ¿dónde trabajas?

Una frase sin pensar, cambió la actitud de mis captores: mi mamá se me acaba de morir y ahora me pasa esto…no era verdad, no sé porqué lo dije pero salió de mi boca. Cálmate que no te va a pasar nada mami, déjanos pensar que vamos a hacer contigo. La película de mi vida frente a mí, éste puede ser el final. Ya no me apuntaba la pistola en el estómago, la guardó y me tapó con una chaqueta en el puesto trasero de mi carro. Desde lo último que pude ver y guiándome por la brújula interna sabía que estábamos saliendo de Caracas en dirección noreste. Un camino rústico, al rato nos detuvimos. Pasó una hora, surgieron conversaciones donde participé con miedo pero tranquila. Nosotros hacemos esto porque nadie nos da trabajo, no pudimos estudiar, y así un guión al mejor estilo de la película “Secuestro Express”. Yo solo pensaba, no me quiero morir así, y si me dejan aquí que voy a hacer, no me sé el teléfono de nadie y mi familia está lejos, en otra ciudad. Piensa, cálmate, respira, sigue pensando. Todas las oraciones que me sé y las que no también las repetí mil veces. Recordé un número telefónico, ahora no se me puede olvidar y lo repito mentalmente hasta el cansancio. Les dije ustedes se arriesgan demasiado, pueden morir en cualquier momento y quien va a ayudar a esa familia por la que dicen estar haciendo esto. No les demostré odio porque no lo sentía, y el miedo que dejé salir fue en muchos momentos fingido para hacerles sentir que tenían el poder, lo cual era la única verdad en ese momento, ellos iban a decidir hasta cuando podía yo respirar y seguir con vida. Es hora de regresar me dicen, relájate que no te vamos a hacer nada. Hasta bromearon conmigo, y con la posibilidad de que nos volviéramos a encontrar en un atraco, “nos vamos a rumbear contigo vale” y yo: si claro, por dentro quería llorar y gritar.

Así terminó la historia en una calle solitaria cerca de mi casa “para que no me fuera a perder”, me dejaron en mi carro y se fueron con sus panas en otro carro que siempre nos estuvo siguiendo. Antes de irse uno de ellos volvió para pedirme disculpas porque habían botado mi monedero cuando el cajero no quiso darles plata, esto no puede ser verdad decía en mi cabeza. Chao pues, acuérdate que sabemos dónde vives, no te vayas a poner cómica yendo a la policía. Está bien, gracias por dejarme vivir, que Dios los proteja. Se llevaron mi teléfono, mi reloj, mi cadena y el poco dinero que tenía. Esa fue la despedida y luego vino el terror, las lágrimas, los gritos dentro del carro, la tembladera y el shock emocional.

He contado esa experiencia muchas veces, nunca pensé en escribirla aquí. Pero en las últimas semanas no he dejado de pensar en este tema, no es que antes no lo hiciera porque es parte de nuestra vida lamentablemente. Creo que últimamente el miedo se está asomando con mucha más frecuencia, y parece una locura pero antes de que algo pueda pasarme quería dejar dicho lo que pienso y lo que siento, porque no es justo que nos vayamos sin derecho a réplica, sin la oportunidad de hacer valer nuestros derechos, nuestro derecho a la vida por ejemplo.

Veo que se dicen muchas cosas, hay estadísticas, cifras (oficiales o no), unos culpando a otros sobre “la inseguridad” ¡Qué bonita palabra esa! Esa palabra no describe lo que estamos experimentando todos, absolutamente todos los que vivimos y morimos en Venezuela día tras día. El mismo miedo que siento yo llegando a mi casa después del trabajo, lo siente la madre esperando al chamo que viene de la escuela o la universidad, en un barrio o una urbanización, en un rancho o una mansión, el miedo es el mismo y quema el alma. No importa si el carro está blindado o si tengo guardaespaldas, hay una bala con mi nombre y en cualquier día nos encontramos.

Solía no pensar demasiado en estas cosas porque confieso que es mi punto débil, y la verdad que lo que me pase a mi no es mi mayor preocupación, es mi familia, mis afectos más cercanos. Sólo imaginar que el monstruo los encuentre y pueda hacerles algo, que tengan que vivir el terror de enfrentar una muerte violenta, eso simplemente me paraliza. Pero decidí luchar contra mis propios miedos y no dejar que me aplasten.

Yo sé que no puedo hacer nada concreto para cambiar esta situación, no está en mis manos. Tampoco pretendo encerrarme en una prisión imaginaria, de donde no puedo salir a caminar mis calles, ni siquiera a comprar pan en la esquina porque me pueden atracar. Sólo sé que no me pienso resignar a esto, no pienso callar mi voz porque no sea conveniente criticar tanto, esto no es justo con nadie. A mí me duele cada número de esos, no me importa quién era o qué pensaba esa persona que murió anoche víctima de la violencia sin sentido, de la delincuencia común u organizada, como quieran llamarle. No voy a permitir que la dinámica política que estamos viviendo me haga perder el norte, quisiera ver despertar a esta sociedad que parece haber hecho un trato con la oscuridad: apenas tú llegues yo me escondo, y si me agarras en la calle tienes todo el derecho de matarme porque yo no debía estar ahí.
Mis decisiones personales van acompañadas de la responsabilidad que adquiero al tomarlas, quedarme en Venezuela es una de ellas. No quiero encontrarme con esa bala que me busca, mi sentido común, Dios y la Chinita me protegen. Pero si llega ese día, aquí estaré y el mundo seguirá girando. Los venezolanos no podemos quedarnos inmóviles ante la desgracia que vivimos, es una tragedia ver caer a tantos inocentes, nosotros somos responsables y cómplices también aunque suene duro, si nos callamos y nos escondemos. Las calles son nuestras, tengamos la dignidad de defender nuestro derecho a la vida, a la paz, a la tranquilidad. No sé cómo lo vamos a hacer pero si no comenzamos por despertar y alzar la voz, la ola de tinieblas nos arropará.

Que el Gobierno sepa que aquí hay un pueblo que no se resigna perder sus espacios, no se trata de ser opositor u oficialista, el monstruo no te pregunta eso antes de disparar. No me importa el color de tu camisa, no te quiero ver morir.

A todos los que se han encontrado con la señora “inseguridad”, a los que han perdido alguien querido, los que hoy esperan la llamada del secuestrador para negociar la vida de un familiar, a los que les tocó visitar la morgue para reconocer un cuerpo…todos están en mis pensamientos, en mis oraciones y por ustedes no voy a renunciar al sueño de que las cosas puedan cambiar. No sé si sirve de algo realmente, ¿quién soy yo? Mientras haya esperanza en un corazón la batalla no estará perdida, ojalá sean muchos los corazones esperanzados y valientes en Venezuela.

domingo, 28 de octubre de 2012

La cruda verdad


Y así fue como perdió Capriles, es decir, ganó Chavez…de nuevo.

Diario de una optimista (ilusa tal vez?)

¿Qué perdí? La inocencia política, el tapaojos electoral.

¿Qué gané? La experiencia invaluable de haber contribuido con mi esfuerzo y mi trabajo por una causa en la que creí y sigo creyendo. Convivir durante muchas horas con jóvenes (en su mayoría) que se fajaron con entusiasmo y pasión para darle base objetiva y numérica al proceso que se desarrollaba el 7 de octubre de 2012; desde una sala de totalización del Comando Venezuela donde tenía que estar continuamente en contacto con nuestros testigos en los centros de votación de todo el país, para contar los votos al finalizar la jornada. Duro trabajo, pero valió la pena.

No traigo un análisis de los acontecimientos, lo que pasó, pasó. Todos lo sabemos.
Al final del día, recibir los resultados en ese lugar y rodeada de tantos chamos, fue muy duro. La reacción de los chamos (los voluntarios que estuvieron haciendo llamadas como locos todo el día) fue un abreboca para lo que vendría a continuación: llanto, rabia, tristeza, gritos, puños contra las paredes, tirarse al piso a patalear. Y el comentario general “ahora si me voy de este país”.

Mi teléfono reventando con mensajes, preguntando ¿qué pasó? ¿Es verdad? Hicieron trampa, ¿cierto?

Los pocos mensajes que contesté fueron para decir: es verdad perdimos, no crean en cuentos de trampa o fraude, la realidad es dura pero hay que afrontarla. Entre esas pocas personas con las que hablé estaba mi primo, que se echó el viaje hasta New Orleans para votar. Me sentí en la responsabilidad de no abandonarlo en ese momento, porque ese ánimo y esa voluntad que lo llevó a hacer un esfuerzo tan grande para dejar su huella en la historia votando no podía perderse. Mi sorpresa fue su actitud positiva, coincidimos inmediatamente en la reflexión de que hay mucho por hacer, que esto fue un gran paso y que tenemos que seguir dando pasos de gigante.

Me fui a dormir sin ver la tele, no vi ni a Capriles ni a Chavez, tenía suficiente información que procesar en mi cabecita como para saturarla con más. Ahí comenzó la sucesión de descubrimientos o los tortazos en la cara, como prefieran llamarlo. Lo primero: mañana hay que ir a trabajar; con lo cansada que estoy, el estómago agujereado con tanto café y cigarro durante el día, la espalda pidiendo clemencia, la cabeza casi aplastada por la presión, igual mañana tengo que trabajar. Así que me tomé una pepita mágica (perfectamente legal, por si acaso) y luego de respirar profundo caí en la nube del sueño.

El lunes temprano me encuentro con mi camisa nueva, la había comprado para ponérmela ese día que sería de celebración. Era roja por cierto. El dilema: me la pongo o no. ¿Porqué no? No tengo nada que celebrar pero tampoco nada por lo cual estar de luto, yo perdí con dignidad y ese día comenzaba una nueva etapa de la lucha, así que plancho mi camisita y enfrento este día como lo que es, un nuevo reto al que no le tengo miedo.

Hace tiempo había dejado de usar ropa roja, por razones obvias. Pero entendí que mientras yo lo permita me van a quitar todo lo que puedan, incluso los colores. Me han dicho que el rojo me queda bien, ¿y entonces? ¿No lo voy a usar? Otro tortazo, tú misma te autoimpones unos patrones de conducta basada en no parecerte a “ellos”. Pues te cuento que “ellos” no son de otro planeta, son venezolanos igual que tú, y tienen exactamente los mismos derechos que tú. Mientras más intentes imponerte, y pretendas que tu verdad es la única, estás construyendo un muro que te separa y te aisla.

Así llegué a la oficina solo para encontrar lo que sospechaba, mucha tristeza y rabia, pero sobretodo impotencia. Todos sentimientos válidos para un momento como ese, es verdad.
¿Porqué yo no he llorado a estas alturas? No tengo idea. Estoy tranquila, siento paz, esto es muy raro. Recuerdo la última vez que perdimos unas elecciones, por poco no voy a trabajar, estaba de luto total, había llorado toda lo noche. Esta vez es diferente, me siento inexplicablemente optimista. Estoy contenta de haberme metido en este rollo del Plan A, me parece que hoy tiene más sentido que nunca. Será porque soy una muchachita rebelde y mientras muchos se cuestionan su permanencia en Venezuela después de esta derrota, yo veo más claro que aquí es donde quiero y tengo que estar.

Ponerme a analizar los acontecimientos sería redundar en lo mucho que se ha dicho, bueno o malo. No es la idea. Precisamente por eso no me había sentado a escribir sobre esto. No estoy haciendo esto para seguir una moda, y hablar de cosas trilladas solo para figurar en el mundo de la opinión (para lo cual no creo estar calificada de paso). Respeto todas las opiniones y análisis de los estudiosos, filósofos, políticos, etc. De hecho he tratado de leer suficiente en estas semanas, como para formar mi propia opinión sobre el tema. Y la quiero compartir solo para contribuir de alguna manera a lo que pienso es lo importante, nuestro futuro.

Así como antes dije que creía en Henrique Capriles y que finalmente iba a votar a favor de alguien y no en contra de Chavez, hoy debo ratificarlo. Me siento orgullosa de haber confiado en él, y trabajado por su triunfo electoral. Su reacción ante la derrota fue valiente, no me defraudó como electora. Otro personaje que me ha inspirado admiración, confianza y optimismo es Ramón Guillermo Aveledo desde su posición como vocero de la MUD. Esas son cosas que tengo que contar entre lo que gané de esta experiencia también.

¿Que hubo fallas? ¿Que se pudo hacer un mejor trabajo? Y así tantas interrogantes. Es verdad, son legítimas y ciertas. Pero no voy a poner eso por encima de los logros alcanzados.
Por supuesto que es mucho más fácil lanzarse a la queja colectiva, a la depresión, la impotencia, el desánimo, el miedo, y pare usted de contar. ¿A quién le estaríamos haciendo el juego? ¿A quien le interesa que caigamos en esos sentimientos y que los esparzamos por todos lados? Uno pensaría que todos estamos claros en la respuesta a esas preguntas, pero al parecer no es así. Ahora resulta que nos tienen que rogar que vayamos a votar en diciembre, que nos deben tratar como niños malcriados para que hagamos la tarea. A mí me da vergüenza, pero por lo que he podido ver eso es lo que queremos.

Desde mi pequeño rincón me he dedicado a tratar de entender porqué no logramos convencer a los que nos faltaba convencer para ganar estas elecciones. No podemos dejar de ver que se hizo un gran trabajo, fueron muchos los que se unieron a la causa, muchos! Somos casi la mitad los que queremos un cambio para el país, eso no es poca cosa. Por más que nos guste decir que los que votaron por Chavez fueron obligados, pagados, engañados, yo sé que no es verdad. Y como la verdad duele (aunque suene cursi), no queremos detenernos a mirarla. Sí, hubo irregularidades, ventajismo, amedrentamiento, pero dudo mucho que eso haya sido la causa de la victoria del Presidente. Resulta que hay una gran parte del pueblo que cree en este “proceso revolucionario” y tiene todo el derecho del mundo de hacerlo, tiene derecho a sus sueños. ¿Cuál es nuestro trabajo y nuestro aporte? Darles razones para creer que nuestras propuestas son mejores, y sobretodo que los incluyen a ellos, nos incluyen a todos. Yo creo que aquí todos somos responsables de esto, porque nadie puede negar que existe todavía mucha discriminación y mucha paja mental de creernos superiores (los opositores). Un comentario muy crudo que escuché aquel lunes post electoral me ha hecho reflexionar bastante, lo traigo aquí porque tenemos que madurar y poder decirnos las cosas como son, sin medias tintas ni frases bonitas para endulzar la realidad. Fue una experiencia de un compañero de trabajo que escuchó a alguien comentar que la señora que le ayudaba en  casa fue a pedirle ayuda porque su esposo había tenido un accidente y necesitaba una silla de ruedas, y esa persona le dijo a la señora que fuera a pedirle la silla a Chavez. Hasta ahí la historia. Ahora yo me pregunto, si obviamente Chavez (me refiero a cualquier institución o grupo gobiernero) le dio la bendita silla de ruedas al esposo de la señora mientras yo me burlé de ella y la humillé de esa manera, ¿cómo pretendo convencerla de que vote por quien yo le propongo? ¿Con qué cara le puedo decir que quiero un mejor país para ella y para mí?
No quiero decir que estas situaciones sean una realidad generalizada, pero necesitamos un buen sacudón como ese para darnos cuenta de que nuestras acciones tienen consecuencias. Si no actuamos de acuerdo a lo que decimos, no solo no estamos haciendo nada por el cambio, más allá de eso estamos sepultando la posibilidad de hacerlo realidad.

El tema no es comprarle la silla de ruedas, porque no es nuestra responsabilidad. Es hacerte solidario con la dificultad de esa persona, ayudarla a buscar opciones, ponerte en su lugar. Si al final es el gobierno quien se la da, igualmente tu interés y tu disposición de ayudar va a marcar la diferencia.

Es un pequeño ejemplo, que puede englobar muchas situaciones y experiencias. ¿Nos sentimos identificados? ¿Vamos a promover el cambio desde nuestros actos cotidianos o vamos a seguir esperando que nos caiga del cielo?

Se quedan muchas ideas en el teclado, ya tendremos tiempo para seguir reflexionando juntos. Mientras tanto ¿qué tal si nos activamos? El camino se hace andando dicen por ahí, vamos pues, que nadie se quede atrás.

miércoles, 3 de octubre de 2012

La historia espera por nosotros


Hay momentos en la historia de un país donde la historia se escribe a mano y con lápiz mongol amarillo, no importa si la letra sale bonita o choreta porque las palabras significan demasiado.

Desde la primera vez que voté hasta el día de hoy hacen casi 13 años. Aquel diciembre de 1998 yo sabía que algo grande estaba pasando, pero no lograba entenderlo bien. Por mi mente llegó a pasar la idea de darle mi primer voto a Hugo Chávez, un militar que había dado un golpe de estado y ahora andaba por ahí hablando duro y diciendo muchas verdades en la cara de los políticos oxidados que no lograron entender a un pueblo que andaba buscando cambios. Yo tenía muy poca conciencia política, pero si me daba cuenta de la corrupción y la desconexión de los líderes con la gente. Creo que por algunos días logró convencerme aquel  señor. Pero a la hora de la chiquita no voté por él, simplemente porque no me inspiraba confianza.

En todas las elecciones siguientes, es decir, casi todos los años, voté siempre en contra de Chávez. No me siento orgullosa de decirlo porque pocas veces voté creyendo en la otra opción, simplemente no estaba de acuerdo con la Revolución y eso bastaba para darle mi voto al oponente.

Hoy, a pocos días de volver a encontrarme delante de una máquina a elegir al Presidente de mi país, veo las cosas diferentes, radicalmente diferentes. Ya no tengo 20 años para empezar, y las circunstancias del país me han hecho cambiar como persona y como ciudadana para bien (creo yo). Eso se agradece, tengo que decirlo. Sería un absurdo negar que todo lo que hemos vivido ha dejado huella en nosotros, y no me refiero a heridas o cosas negativas, si no a lecciones de vida. Puedo hablar desde mi experiencia personal, pues cada uno tiene la suya y todas son valiosas. En estos años aprendí muchas cosas, me reencontré con un país al que siempre había querido pero tal vez no valoraba. La rebeldía y el amor a la libertad me abrieron la mente, sentirme amenazada por pensar diferente me hizo razonar con profundidad mis valores y principios, para poder defenderlos con toda propiedad. También pude ver la realidad tal y como es, no desde la otra esquina, como un espectador. Hay un pueblo que estuvo desatendido por mucho tiempo, que fue utilizado en muchas ocasiones para llevar gente al poder y que luego quedó en el olvido con sus problemas y sus miserias. La pobreza no tiene cara bonita, el hambre y la marginalidad existen, no puedes voltear la cara y seguir en tu burbuja de vida solo porque tienes la suerte de estudiar, trabajar y superarte, con sacrificio tal vez, pero en este país eso es cuestión de suerte.

No puedo juzgar a nadie que haya creído en el cambio que prometió el Teniente Coronel, porque las cosas no podían seguir como estaban.

Después de tanto tiempo, tantos discursos, tanto dinero, la realidad no es muy diferente en cuanto a ese pueblo que volvió a ser utilizado. Sin embargo, ya no somos los mismos de ayer y eso hay que agradecerlo. Creo que muchos ya no somos indiferentes ante lo que pasa en nuestro país, queremos mejorar y nos sentimos responsables (con derechos y deberes). Quisiera pensar que somos muchos los que hoy tenemos otra conciencia, aunque a veces encuentro personas que logran desmotivarme por su apatía, su superficialidad y sobre todo su egoísmo. Afortunadamente ese efecto dura poco, y enseguida encuentro dentro de mí la fuerza para seguir adelante creyendo en mi gente, en los que le estamos poniendo corazón para construir el futuro que merecemos.

Las elecciones del próximo domingo en mi opinión son diferentes a todas las anteriores. Por primera vez no voy a votar contra Chávez aunque suene raro, voy a votar por un candidato en el que sí creo y que logró convencerme con argumentos. Mi sinceridad suele traerme problemas, pero quiero decir que yo no voté por Henrique Capriles en las elecciones primarias para elegir el candidato de la oposición. Y lo digo porque esas elecciones fueron para mí un ensayo de lo que puede ser una democracia verdadera, con sus fallas pero siempre perfectible. Pude expresarme, voté por quien yo quise y luego respeté la opinión de la mayoría aunque no habíamos coincidido. Han pasado varios meses, y delante de mis ojos se presentó la película increíble de una campaña electoral histórica. Henrique Capriles me convenció, con su pasión y su entrega hasta los huesos, de pueblo en pueblo escuchando a la gente, devolviéndole la esperanza. Pero no va a ser Capriles el salvador de la patria, como él mismo lo ha dicho, todos estamos metidos en esto de cabeza. Veo en él una persona inteligente y preparada para el reto, pero también sencillo y humilde. Así como me convenció a mí, sé que ha convencido a muchos y tiene serias posibilidades de ganar. Pero eso sí, hay un compromiso por delante, y mi mayor anhelo es que logre estar a la altura de la circunstancias para no defraudar a este pueblo.

Eso sí, yo no tengo la maleta lista detrás de la puerta mientras voy a votar y regreso a la casa a esperar que me den un resultado para decidir si me quedo o me voy. Pase lo que pase, Venezuela está primero. Mis razones las he explicado muchas veces, y sigo pensando igual. Sólo que esta vez no tengo dudas de que las cosas van a cambiar, nuestro voto hará historia y lo vamos a celebrar.

Entonces nos vemos el domingo, frente a la maquinita…todo el mundo a votar, cada voto cuenta, la historia espera por nosotros.